La Cátedra de Artes de la Universidad de las Américas Puebla presentó su novena y última sesión con la presencia de Juan Villoro, uno los escritores más importantes del país y Latinoamérica, quien, en compañía de estudiantes de las licenciaturas en Arquitectura, Artes Plásticas, Danza, Teatro, Música, Literatura y Diseño, dialogó en torno a temas como la creatividad dentro de las artes, así como la interdisciplina y la labor como escritor.  

Durante el arranque de su cátedra titulada La creatividad y la escritura, el escritor reconoció la iniciativa de la Universidad de las Américas Puebla por generar un espacio interdisciplinario, práctica necesaria tanto para las artes como para la ciencia. “Creo que uno de los problemas más fuertes que aquejan a las universidades en general, es la excesiva especialización del conocimiento, el hecho de que los eruditos de un campo sepan cada vez más de cada vez menos” argumentó. Asimismo, el escritor compartió que uno de los problemas del arte es que sólo se puede enseñar de manera relativa, “no podemos garantizar que de un seminario alguien saldrá convertido en un artista extraordinario. No hay manera de fabricar artistas en serie, se puede ofrecer si acaso, las mejores condiciones para que el arte prospere y creo que estos diálogos forman parte de este ejercicio de tratar de ampliar las condiciones para que la gente encuentre distintas maneras de expresar su creatividad” explicó.  

Ya casi para concluir su charla y pasar al diálogo con los estudiantes, Juan Villoro comentó que como creadores siempre se debe tener presente al espectador y calcular ciertos efectos para que el texto pueda ser completado por la interpretación en su caso, del lector. “La lectura profunda procura dejar el efecto emocional en manos del lector” afirmó. Finalmente, durante el arranque de esta última sesión, Moisés Rosas Silva, director de Enlace Cultural de la UDLAP, recordó que el invitado con el que concluyó la Cátedra de Artes es uno de los personajes más emblemáticos de la vida cultural contemporánea de México y una de las voces más autorizadas de la literatura en lengua española.  

Por su parte, el director académico del Departamento de Artes, Jesús Mario Lozano, reafirmó que está sesión celebró la presencia de uno de los más extraordinarios escritores de nuestro país, asimismo agradeció la colaboración del Decanato de Artes y Humanidades, la Dirección General de Difusión Cultural y el apoyo recibido por parte del rector el Dr. Luis Ernesto Derbez Bautista, para hacer posible este espacio. La Universidad de las Américas Puebla comprometida con el arte y la cultura concluyó exitosamente su Cátedra de Artes UDLAP, la cual tuvo como objetivo promover la divulgación de las artes y su importancia en la sociedad a través de nueve sesiones con los más destacados creadores e intelectuales de diferentes disciplinas, los artistas presentes fueron: Jan Hendrix, Enrique Norten, Arturo Márquez, Graciela Iturbide, Claudia Lavista, Fernando Lozano, Luis de Tavira, Rafael Lozano-Hemmer y Juan Villoro.  

Puebl@Media
Cholula, Puebla
Lunes 14 de diciembre de 2020.


Juan Villoro

De manera simbólica, murió en un tiempo de estadios vacíos. Hoy, el fútbol sin gente recuerda con mayor fuerza a quien alguna vez llenó las gradas escalonadas hacia el cielo

Hace años entré a un taxi de Buenos Aires convertido en una capilla rodante. En todas partes había fotos de Diego Armando Maradona. De manera lógica, hablamos de la deidad que presidía ese altar. “Ni mi mujer ni mis novias ni mis hijos ni mis amigos me han dado tanta felicidad como Diego”, exclamó el conductor, señalando su nuca, tatuada con el canónico número 10.

La más tempestuosa hinchada del planeta encontró un ídolo a su medida en el Pelusa, el hijo pródigo de la barriada de Villa Fiorito que lograría algo más que ser el mejor futbolista del mundo: triunfar contra todo pronóstico. Sus principales hazañas dependieron del raro estímulo de no parecer posibles.

Capaz de dominar una mandarina como si se tratara de un balón, Diego ejerció el virtuosismo en los potreros y los estadios. Pero no se consagró por esa magia. Pocos han tenido su habilidad para el regate, pero su temple mítico se forjó en la adversidad e incluso en la paranoia. Las malas noticias hacían que lograra lo inaudito.

En 1986, llegó al Mundial de México con pocas posibilidades de alzar la copa. La selección entrenada por Bilardo había sido muy cuestionada en la fase eliminatoria. En ese ámbito hostil, Diego mostró la peculiar fibra de los héroes. El dramatismo era su aperitivo. Antes de cada enfrentamiento, el zurdo con mayor presión en el mundo dormía la profunda siesta de los inocentes.

En México generó la impresión de que cualquier otro equipo hubiera sido campeón con él en punta. Diego representaba La Diferencia. Lo mismo sucedió en su paso por el Nápoles, que llevaba más de medio siglo sin conseguir el scudetto. Los defensas italianos lo convirtieron en la persona más pateada de la historia y también eso le sirvió de estímulo.

Con todo, su principal prodigio fue intangible: el liderazgo en la cancha. Amante de la desmesura, llegó al bastión de la ópera para entonar el aria de los que rompen sus cadenas. El estadio San Paolo vio a Espartaco en la cancha. A diferencia de tantos astros que se desentienden de los otros, Diego ejerció un contagio misterioso. Todos jugaban mejor porque él estaba en el campo.

Es concebible pensar que en 1970 Brasil podría haber conquistado el Mundial sin Pelé. Imposible pensar lo mismo de Argentina en 1986.

Estuve en el Estadio Azteca cuando Diego anotó contra Inglaterra el mejor gol ilegal y el mejor gol legal en la historia de los Mundiales. Para un aficionado, es difícil encontrar otro día que rivalice con ese. Después del partido, el Pelusa mostró con picardía otra de sus cualidades, la capacidad de crear mitologías exprés. Interrogado sobre el manotazo que terminó en las redes de Inglaterra, dijo: “Fue la mano de Dios”.

La turbulenta y contradictoria vida de Diego al margen de las canchas lo convirtió en uno de los principales exponentes del melodrama latinoamericano. Una y otra vez lloró ante las cámaras, arrepintiéndose de sus errores. Ninguna otra figura pública ha aceptado tantas veces haberla cagado. La FIFA se aprovechó de su adicción para perjudicarlo por sus críticas a la mafia de los dirigentes y los medios lo convirtieron en una presa acorralada. En medio de ese torbellino, formuló otra frase esencial: “La pelota no se mancha”. Discípulo accidental de san Agustín, se asomó al infierno para entender que el jardín de los goles era el paraíso. Ahí fue el más entregado de los compañeros. Cuando el veterano Ricardo Bochini entró a la cancha en el Mundial de México en los últimos minutos de un partido para que probara el sabor de la gloria, Diego le pasó el balón diciendo: “Tenga, maestro”.

Humilde en la hierba, pecó de todas las soberbias lejos de ella y fue espectacular en sus caídas, mostrando un repertorio emocional digno de Puccini.

De manera simbólica, murió en un tiempo de estadios vacíos. Hoy, el fútbol sin gente recuerda con mayor fuerza a quien alguna vez llenó las gradas escalonadas hacia el cielo.

Endiosado por los suyos, no perdió ninguna oportunidad de saberse vulnerable. Acaso su destino estaba previsto en un cuento de Borges. El protagonista de El inmortal bebe agua de un río arenoso que concede la vida eterna. Esta gracia le depara una existencia donde todo se reitera sin sobresalto. Al cabo de un tiempo entiende que la auténtica dicha depende de la fugacidad. Convencido de que sólo lo precario puede ser atesorado, busca otro río que conceda la muerte.

En su retiro, Maradona quiso hacerse daño de tantas formas que se convirtió en anunciante ideal de una compañía de seguros. La manera de convivir con su personaje consistía en tratar de aniquilarlo. Vivió sus últimos años como los minutos de compensación que concede el árbitro, hasta llegar a los tres silbidos que ninguno de nosotros quería oír.

Ya inmortal, Diego Armando Maradona tocó, al fin, la mano de Dios.

El País
Juan Villoro
Ciudad de México
Miércoles 25 de noviembre de 2020.


Juan Villoro

La novedosa técnica de "reconocimiento facial" permite identificar personas: las orejas indican quiénes somos. La Interpol usa el recurso desde 2016 para perseguir delincuentes por hechos ya cometidos, pero pronto se podría usar de manera especulativa.

Si esto prospera, las tiendas futuras dispondrán de cámaras conectadas a un sistema operativo capaz de discernir los gustos y el poder adquisitivo de los clientes. Aunque el comprador entre ahí por primera vez, sus datos faciales serán parte de un "dominio público" que conoce sus preferencias y un veloz algoritmo informará al establecimiento qué producto le debe ofrecer.

Estamos ante un sutil implante de la "voluntad". A diferencia de las rutinarias ofertas en las cajas del supermercado ("recarga de celular") o las farmacias ("hilo dental al dos por uno"), el vendedor aludirá a un deseo que el cliente ya tiene, pero aún no formula.

Justo cuando la presencia física se ha vuelto opcional, se perfecciona una tecnología de identificación a distancia. El tema tiene importantes derivaciones jurídicas. Si los rasgos faciales denotan lo que llevamos dentro, se puede no sólo juzgar, sino prejuzgar.

En su relato "The Minority Report" (que Spielberg llevó al cine), Philip K. Dick recrea una sociedad donde la Policía no requiere de evidencias: los criminales son arrestados antes de cometer delitos. La anticipación es posible porque varios seres dotados de sensibilidad precognitiva profetizan lo que va a ocurrir.

Como en las novelas de Kafka, en este mundo hipervigilado la culpa antecede al delito. "El Proceso" es una alegoría del poder autoritario que invade la vida al grado de obligar al acusado a buscar su propio castigo. Por su parte, "The Minority Report" despliega los "avances" de una sociedad paranoica donde la justicia ya sólo es preventiva, pero el desenlace resulta igualmente kafkiano.

Cuando el ayatolá Jomeiní lanzó la fatwa de 1989 contra Salman Rushdie por haber escrito "Los Versos Satánicos", no faltaron comentarios sobre el aspecto del escritor. Para algunos, sus párpados levemente caídos lo hacían ver como alguien de mirada torva y arrogante: un presunto culpable.

En "Joseph Anton", su libro autobiográfico, cuenta que años después de la condena se sometió a una cirugía correctiva y su rostro adquirió un semblante más benévolo. La percepción de su carácter parecía depender de unos centímetros de piel.

La frenología ha dado resultados útiles en la anatomía comparada, pero también ha llevado a excesos como los de Cesare Lombroso, que en "El Hombre Delincuente" (1876) estableció tipologías del crimen a partir de la fisonomía. "Tenía la innoble cara del ladrón", comenta al contemplar la frente deprimida de un prisionero. Este determinismo puede llevar a cometer errores irreparables, como el de arrestar a un inocente sin otro cargo que sus orejas puntiagudas.

Por desgracia, nuestra modernidad, que con tanto ímpetu avanza hacia atrás, ha recuperado dicha amenaza. Según informó la BBC, la Universidad de Harrisburg, Estados Unidos, anunció una investigación que "puede predecir si alguien es un criminal basándose exclusivamente en una foto de su cara".

De inmediato, mil 700 académicos firmaron una carta solicitando que el estudio no se diera a conocer. Sin embargo, aún no hay normativas al respecto. El rostro de la ley está en blanco.

Nunca salimos del mismo modo en las fotos. ¿Podemos confiar en ser detenidos o exonerados por una imagen? ¿Llegará el momento de decir: "¡me salvé por un pixel!"?

Cuando mostramos una credencial, lo importante no es que la foto se parezca a nosotros, sino al revés. La identidad cívica es una huella. ¿Qué queda de nuestro interior?

No todo está perdido. El coronavirus también produce anticuerpos sociales. Uno de los más importantes consiste en proteger la cara. Los cubrebocas y las caretas de mica se han transformado en un antifaz legítimo y la peluquería casera ha hecho que los efectos del aislamiento se muestren en nuestras cabezas. Somos un poco más raros, menos identificables.

Los zapatistas ocultaron su rostro para tener rostro, otorgando otro sentido a la identidad. Cuando la tecnología nos transformaba en sujetos progresivamente externos, susceptibles de ser administrados por mera apariencia, el virus aludió a algo más importante: el invisible interior de nosotros mismos, el ser sin rostro, la sangre que anima los latidos.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 10 de julio de 2020.


Juan Villoro

El escritor uruguayo Mario Levrero se quejaba de que sus mudanzas siempre eran incompletas. Instalado en la nueva casa, descubría que le faltaba algo. Después de años en un sitio, se produce el descubrimiento opuesto: abres un armario y aparece algo que no sabías que tenías. No se trata de un collar de topacios o una raqueta para ganar en Wimbledon, sino de un cachivache cuya principal característica es estar incompleto. Hoy en la mañana abrí la alacena para tomar la bolsa de croquetas del gato y un objeto cayó al suelo con estrépito. Vi una flor de metal pintada de amarillo, llegada de otro mundo. Recordé la flor marchita con la que el viajero del tiempo de H. G. Wells vuelve al presente. En el suelo de la cocina, la flor reposaba como un recuerdo del futuro. Me vino a la memoria el cuento de Julio Cortázar, “Una flor amarilla”, que comienza con la frase: “Parece una broma, pero somos inmortales”.

Aguardé a que la reverberación metálica desapareciera de mis oídos. El encierro a causa del coronavirus me deparaba, al fin, un asombro.

Por desgracia, al revisar el objeto le encontré utilidad, lo cual disipó su misterio. La flor metálica tenía perforaciones en el centro para esparcir agua; una base con hendiduras permitía enroscarla en una manguera. Se trataba, como todo lo hallado por azar, de una pieza suelta que cobraría sentido al unirse a otra que no estaba ahí.

La flor amarilla adquirió significado práctico. El enigma consistía en saber cómo había llegado ahí. En mi precario jardín, tres perros se han encargado de que no haya césped. ¿A quién se le ocurrió comprar un alegre aspersor con cinco pétalos? Y, ya puestos a investigar, ¿a quién se le ocurrió guardarlo junto a las croquetas de Capuchino?

Una de las ventajas de la convivencia es que evita los sondeos de opinión. De nada sirve preguntar por el origen de las cosas raras. Nadie recuerda haberlas visto. Por eso son raras.

G. K. Chesterton demostró que las intrigas criminales se resuelven, pero lo ordinario es indescifrable. En uno de sus libros más sugerentes, reúne su cacería de “tremendas nimiedades”. Una de ellas trata de las cosas que encontró en sus bolsillos.

El autor de El hombre que fue jueves viajó en tercera clase y olvidó llevar algo que leer. No encontró a nadie con quien entablar conversación y lamentó que las paredes carecieran de anuncios capaces de mandar su mente a otro sitio. Sólo contaba consigo mismo para distraerse. Decidió vaciar sus bolsillos, tan abultados como su figura.

Lo decisivo no fue lo que encontró, sino el uso que le dio. Una navaja de bolsillo lo llevó a la Edad de Hierro; un trozo de gis, a la representación de un bisonte en una cueva prehistórica; una moneda, a los Césares de todas las épocas que gobiernan sin otro fin que ser acuñados en bronce. Los banales restos de una vida le permitieron desplazarse en el tiempo y el espacio. Lo único que no encontró fue el boleto que debía presentar al inspector.

La más ordenada de las casas alberga saldos inesperados. No me refiero a los desarreglos provocados por la excesiva inteligencia (el genio que olvida sus anteojos en el refrigerador), sino a un fenómeno ajeno a la voluntad. La clave no está en la gente; está en las cosas. La materia insiste en llegar a nosotros en pedazos al margen de nuestro designio. Las mudanzas no se acaban nunca porque toda casa se muda hacia sí misma, incorporando objetos que nadie reconoce.

El confinamiento es como el vagón de tercera donde viajaba Chesterton. El tedio exige que lo común se vuelva entretenido. La flor metálica perdió encanto entre mis manos, pero al olerla respiré la intoxicante fragancia de la vainilla. Recordé algo que siempre me ha intrigado: ¿por qué el helado de vainilla es amarillo?, ¿en qué momento se decidió colorear un sabor de esa manera unánime y artificial? Vivimos entre arbitrariedades que no cuestionamos hasta que el encierro genera una atención acrecentada y nos fijamos de otro modo en las cosas.

Esto no quiere decir que las resolvamos. Chesterton juzgaba que la teología y los enigmas policiacos son lógicos. Lo inescrutable es la vida cotidiana. Si averiguo por qué la flor olía a vainilla eso me llevará a otra perplejidad.

El confinamiento dota de peculiar sentido a todo lo que no buscas y sólo escamotea una cosa: el boleto para salir de ahí.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 15 de mayo de 2020.


Juan Villoro   
 
Cuando un Estado entra en crisis se habla de guerra. Las metáforas bélicas son el límite y la derrota de la imaginación social. Una vez más, varios gobiernos han cedido a la tentación de referirse al Covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente de guerra es ilocalizable, el enemigo avanza sin ser visto y la defensa consiste en evitar el acontecimiento. Estamos ante una narrativa vacía que cristaliza en ciertas islas: los hospitales. ¿Cómo explicaremos en el futuro la parálisis de un planeta donde el remedio consistía en evitar a los demás? ¿Será posible contar esa “épica de la inacción”? Los médicos, las enfermeras y los infectados viven un drama diferente. Mientras tanto, la inmensa mayoría respira en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distingue dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir a contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias restringen la libertad individual y obligan a recordar el término de “biopolítica” usado por Foucault para señalar que el objetivo central de toda política es el cuerpo.

¿En qué se transformará el organismo social? La omnipresencia de la realidad virtual ha hecho que los datos personales sean la más cotizada mercancía contemporánea. Hace años, el sociólogo Neil Postman habló de “tecnopolio” para referirse a la dominación tecnológica. En la actual cuarentena, estar en casa depende de celulares, internet y compras en línea.

La estrategia italiana de restringir la circulación de personas complementa la estrategia coreana de extraer datos individuales. La moderna supervisión biopolítica parece anunciar la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir y de interactuar con los demás. ¿Cómo definir al sujeto tras la mascarilla sanitaria? En palabras de Preciado: “No intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos”.

Toda epidemia revela la biopolítica del país donde ocurre. En México la principal peste se llama hambre. De acuerdo con el Coneval, cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa.

Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En un artículo publicado en The Washington Post, Laura Castellanos aborda la “dimensión oculta” que la pandemia adquiere en México. Del 28 de febrero al 13 de abril murieron cien mujeres por coronavirus y 367 por violencia de género (en buena medida ocasionada por el encierro). En ese periodo hubo 40,910 llamadas de emergencia al número 911, la mayor cantidad desde 2016, y se abrieron 33,645 carpetas de investigación, lo cual equivale a 23.3 denuncias por hora. Un problema estructural se ha agudizado; sin embargo, como señala Castellanos, también ha aumentado la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa reclama otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus ha mostrado un mundo interconectado, pero también desunido, dentro y fuera de las casas. Preciado invita a recordar que “comunidad” comparte una partícula etimológica con “inmunidad”: munus, tributo. La comunidad reparte tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social sólo puede ser inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar.

La necesaria medida de estar en casa sólo tendrá pleno sentido cuando nadie pague un tributo de sangre por vivir ahí y cuando nadie tenga que llamar a la puerta para poder sobrevivir.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 17 de abril de 2020.


Juan Villoro
 
Cada acontecimiento deriva de circunstancias no siempre lógicas. El 9 de agosto de 1945 el bombardero Bockscar despegó de su base en las Islas Marianas rumbo a Kokura, en la isla de Kyushu, donde se encontraba la fábrica Nippon Steel, decisiva para la industria militar japonesa. El comandante de la misión era el mayor Charles Sweeney. Tenía órdenes de localizar el objetivo con suficiente precisión para destruirlo con la bomba atómica que llevaba a bordo.

Al avistar Kyushu, el humo de la fábrica se confundía con una densa nubosidad. Sweeney distinguió el estadio de beisbol, una hilera de camiones y un segmento de la fundidora, pero carecía de visibilidad para dar en el blanco. Hizo cálculos en un bloc de hojas amarillas: le quedaba combustible para dar doce vueltas sobre la isla. En el décimo recorrido ponderó tres alternativas: usar el radar para dar con un blanco aproximado, ir a otro destino o deshacerse de su carga letal en el mar.

En el onceavo recorrido habló por radio con sus superiores. El cielo se despejaba, pero el combustible disminuía. ¿Lo autorizaban a dar una última vuelta?

“No hay nubes en Nagasaki”, le dijeron. A las 11:02 de la mañana de ese día, cerca de 75 mil personas murieron en esa ciudad. Si las condiciones climáticas hubieran sido diferentes, la bomba habría caído en la fábrica Nippon Steel.

La orden que Sweeney recibió cuando aún podía dar una última vuelta fue un crimen contra la humanidad. El sinsentido aumenta al saber que eso dependió de la cantidad de combustible de su avión y del sitio al que aún podía llegar. Los hechos históricos derivan de una intrincada cadena de coincidencias y decisiones precipitadas.

La crisis del coronavirus ha confirmado la sorprendente fragilidad de un planeta interconectado. La contaminación generada por la industria china ha menguado en beneficio de la atmósfera y los cruceros se han convertido en hospitales flotantes que nadie quiere recibir. En forma misteriosa, el virus pasó de una especie a otra y siguió la ruta de Marco Polo: de China a Italia.

Las reacciones ante la pandemia no sólo dependen de los dictados de la OMS, sino de los recursos de los que dispone cada país, la presión ejercida por los medios y las estrategias de gobierno (unos pretenden tranquilizar con la retórica de “no pasa nada” y otros proponen cancelaciones que van de lo responsable a lo paranoico).

A diferencia de los incendios y los terremotos, donde los voluntarios pueden dar una respuesta, las epidemias exigen no hacer nada. La necesidad de estar al margen aumenta la sensación de impotencia e impide el desahogo que se obtiene intentando ayudar.

Lo incierto del fenómeno permite que se asuman medidas discrecionales. Numerosas instituciones y autoridades han contraído una enfermedad social: la patología de la imagen. No actúan por criterios científicos, sino por la forma en que serán percibidas.

El coronavirus coincide con las precampañas a la Presidencia de Estados Unidos y la adopción de medidas se ha politizado. Un asunto de salud pública es ya un trofeo electoral. El manejo de la crisis influirá, si no es que decidirá, los votos de noviembre.

Desde hace cinco meses doy clases en la Universidad de Stanford. El campus se ha convertido en un escenario abandonado donde los profesores enseñamos por computadora, y en Nueva York el congreso sobre el coronavirus se suspendió… ¡a causa del coronavirus! Mientras tanto, los partidos políticos celebraban mítines multitudinarios sin pensar en riesgos sanitarios.

En Estados Unidos, el coronavirus tendrá consecuencias mediáticas y financieras superiores a cualquier consideración de salud pública. Enfermedades de mayor mortalidad, que afectan sobre todo a los pobres, no reciben el mismo tipo de atención. Los miles de vagabundos que viven a la intemperie en California han sido nombrados como “población de riesgo” (en vez de que se combata la condición inhumana en que viven, se les estigmatiza como posibles portadores del virus).

¿El combate al coronavirus sigue criterios científicos o busca una rentabilidad política? ¿Obedece a un dictamen médico o a factores tan repentinos como la cantidad de combustible de un avión y el sitio al que puede llegar?

La respuesta, como dijo el poeta, está en el viento.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 13 de marzo de 2020.


Juan Villoro

“Mudarse por mejorarse”, escribió Juan Ruiz de Alarcón. Meter la vida en cajas sirve para corregir tus costumbres o por lo menos para revisarlas. De pronto descubres un guante acolchonado que has perdido la oportunidad de tirar a la basura. ¿Qué hace en el ropero? Pertenecía a un par con el que fuiste a esquiar por única vez en tu vida, cuando te rompiste el peroné en el primer descenso, señal de que los mexicanos no tenemos un dios de invierno. Luego usaste los guantes para jalar piñatas en las fiestas de tus hijos. De pronto, uno de los guantes de esquiador se perdió. ¿Valía la pena conservar el otro en un país donde la nieve viene del limón? Entonces el color de la prenda se volvió importante: recordaste a los atletas que ganaron medallas de oro y bronce en 200 metros en las Olimpiadas de 1968 y alzaron un puño enguantado al oír el himno de Estados Unidos. En homenaje al Black Power dejaste el guante en el cajón. ¿Hay lógica en todo esto? ¡Por supuesto que sí! La ropa vieja es una máquina del tiempo.

Lo comprobé en una de las ventas de garaje que animan nuestra ciudad. La gente aprovecha el armisticio de la Navidad para rematar sus recuerdos sin sentirse culpable.

No pensaba encontrar en una cochera los asombros que aparecen en Galerías El Triunfo o en las subastas de la PGR. Buscaba algo “simplemente feo” para ir a una posada donde el peor suéter recibiría un premio.

Por accidente descubrí un sitio que me contradijo de inmediato: no era un accidente. Trataré de explicarlo. Caminaba por Mixcoac, donde viví de niño y donde estudié la preparatoria, cuando mis pasos me llevaron a una casa que tardé en reconocer. Entré ahí atraído por un cartulina con letras verdes y rojas. En un perchero vi un gorro de lana y pregunté si tendrían un suéter de mi talla.

“¡Hay como veinte!”, dijo con entusiasmo la encargada. Al fondo del garaje se produjo la anagnórisis. Vi fabulosos chalecos, bufandas, suéteres abiertos, de cuello en V y cuello de tortuga, y supe que los había visto antes. Respiré un aroma que la emoción volvió cercano y toqué la espumosa consistencia del tejido. Mi cerebro reaccionó antes que mi yo consciente y pregunté a la mujer: “¿Pablo sigue en Massachusetts?”.

Trataré de resumir una historia que refleja la transformación de los hábitos y el cíclico retorno del pasado. Desde hace décadas, Pablo vive en el extranjero. Su madre, a quien llamábamos doña Antonieta, lo visitaba con la frecuencia que permitían las remesas de su hijo, nunca muy abundantes (debutó como pintor figurativo cuando los coleccionistas querían instalaciones).

Desde que tomó un vuelo a su natal Tampico, doña Antonieta se incorporó a la legión de quienes sostienen la nave con sus rezos. Prefería hacer diez horas de accidentada carretera a sufrir cincuenta minutos de turbulencias interiores. Ver a su hijo, y luego a sus nietos, se convirtió en un anhelado pavor. Vivía para esos viajes, pero odiaba repasar el rosario a diez mil metros de altura. El whisky le bajó la presión sin tranquilizarla y el Valium la adormeció sin que eso fuera un remedio.

Todo se solucionó cuando una amiga le recomendó que tejiera a bordo del avión. Doña Antonieta lo hizo con tal ímpetu que sus suéteres ya no se medían en tallas sino en millas de vuelo. Me regaló un chaleco que aún conservo y cuya consistencia hace pensar en una variante superior de las ovejas.

La mujer que me atendió resultó ser sobrina de doña Antonieta y actual dueña de la casa que visité con frecuencia hace casi cincuenta años. Dejé de ver a Pablo sin otra desavenencia que la geografía. Durante años no supe de él ni de su familia. Mi anfitriona contó que doña Antonieta siguió tejiendo hasta su muerte, “aunque todo cambió después de las Torres Gemelas”, añadió y tardé en entenderla.

La prohibición de llevar agujas de tejer en el equipaje de mano hizo que doña Antonieta volviera a viajar dopada. “Esos suéteres no fueron hechos en avión”, la mujer señaló un perchero que yo no había advertido. Me acerqué a ver prendas sin ninguna gracia. Los grandes tejidos de doña Antonieta habían sido hijos del miedo, pruebas de que la belleza se nutre de la angustia.

Compré un suéter de los años en que la madre de mi amigo tejía con devoción y espanto, perfecto para perder el concurso en la posada y demostrar que el arte no admite competencia.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 20 diciembre 2019.


Juan Villoro
 

Nabokov dijo que la palabra “realidad” debe escribirse entre comillas porque toda percepción del mundo es subjetiva. La propuesta cobra mayor sentido ante la realidad virtual. Los teléfonos celulares pertenecen a una tecnología superior a la del Apolo XI, pero lo más asombroso no es eso, sino que tengan más información sobre nosotros de la que jamás le daremos a otra persona y que dicha información se use al margen de nuestra voluntad. Llevamos una existencia verificable en la normalidad donde se come yogur y se paga la renta, y una existencia espectral en las redes.

Esta es la parte “sencilla” del asunto. La situación se complica porque la intrincada cibernética puede ser usada con deliberada secrecía. La noticia de los hackers que vulneraron las redes de Pemex y piden un rescate millonario en criptomoneda tiene que ver con una de las derivaciones más complejas de la era digital: la red oscura.

Ninguna riqueza se cotiza tanto como los datos personales. Lo que haces en Google o Facebook deja un rastro que define tus hábitos y tus necesidades; así te vuelves rehén de ofertas y manipulaciones digitales.

En los años noventa, el gobierno de Estados Unidos inició un proyecto para enviar comunicación que no pudiera ser interceptada. A partir de 2002, programadores independientes continuaron la iniciativa bajo el nombre de TOR (The Onion Router). La idea consiste en proteger mensajes al modo de una cebolla, con distintas capas de encriptamiento. La información no va de un servidor a otro; da un rodeo por diversos puertos y llega a la escala final sin que se conozca al remitente.

En un sistema de comunicación nada vale tanto como el secreto. TOR surgió para preservar el anonimato. El fin es noble, pero también permite que piratas y terroristas se comuniquen sin ser localizados. Se han hecho unos cuarenta millones de descargas TOR y es lógico suponer que se utilizan de muy diversos modos.

Para entender los alcances de la red oscura conviene revisar el caso de Ross Ulbricht, quien operó bajo el seudónimo de Dread Pirate Roberts, tomado de la novela de 1973 La princesa prometida, de William Goldman, donde un abuelo lee a su nieto la historia de un pirata que sortea numerosos obstáculos para reencontrarse con su amada.

Graduado en programación y cristalografía, y seguidor de la economía libertaria de Ludwig von Mises, Ulbricht vio en las redes una oportunidad de intercambiar mercancías al margen del Estado. Adicto a la lectura, fundó una librería en línea: Good Wagon Books. Como es de suponerse, le fue mal. Después de sufrir una decepción amorosa, recordó al pirata que recuperaba a su novia en la novela de Goldman, renunció a la fuerza de luz y optó por la sombra. Su siguiente empeño fue La Ruta de la Seda, plataforma dispuesta a vender cualquier cosa, a condición de que fuera ilícita. Sirviéndose del sistema TOR y las criptomonedas, traficó con armas y heroína hasta convertirse en el Amazon de la ilegalidad.

El agente Jared Der-Yeghiayan, del Departamento de Seguridad Nacional, se apuntó como cliente y en dos años hizo compras a cuarenta dealers de diez países. Con la complicidad de quien se hacía cargo de limpiar el spam, logró establecer comunicación directa con DPR (Dread Pirate Roberts). El arresto sólo se podía justificar si el sospechoso era vinculado con la red; para ello, su computadora debía estar encendida en el momento de la detención (si lograba apagarla, la información se encriptaría).

Ulbricht fue localizado en el más improbable de los sitios. No estaba en Rusia sino en San Francisco, y entraba a la red desde la biblioteca pública Glen Park. El 2 de octubre de 2013 fue detenido junto al librero de la ciencia ficción. En 2015, a los 31 años, fue sentenciado a prisión perpetua.

Ulbricht abrió las novedosas cerraduras de la fortaleza digital, pero no pudo despojarse de ciertos atavismos. El logotipo de su empresa era un camello y el nombre aludía al antiguo tráfico entre China y Europa. En vez de ocultarse en un lugar ultrasecreto que le permitiera seguir cobrando millones en bitcoins, se conectaba a la red desde una biblioteca pública, rodeado de las novelas que hubiera querido protagonizar. Su dominio de la realidad virtual era tan grande que olvidó el limitado mundo de los hechos, donde una novia lo había abandonado y donde un agente aguardaba para arrestarlo.

Este artículo fue publicado en Reforma el 15 de noviembre de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 15 noviembre 2019.


Juan Villoro

Los espías llevan una vida de extrema discreción que sólo se interrumpe con la muerte o el escándalo. De tanto en tanto, el mesurado Sir David Omand sorprende con las contundentes declaraciones que sólo puede hacer alguien acostumbrado a callar. Entrevistado por la BBC acerca de la cooperación de Gran Bretaña y Estados Unidos en temas de seguridad, dijo con la tranquilidad de quien desenvaina una espada: “Nosotros tenemos el cerebro; ellos tienen el dinero”.

Sus credenciales para hablar de temas de espionaje son impecables. En 1996 fue nombrado director del Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ, por su siglas en inglés), equivalente británico de la CIA o la KGB, y, en 2002, coordinador de Seguridad e Inteligencia del Gabinete.

Incluso en televisión, Omand argumenta en el tono sosegado de quien departe en un club de caballeros mientras bebe oporto. Ajeno a las precipitaciones, muestra un perfil de sólido conservadurismo. De manera previsible, criticó a Edward Snowden por haber robado más de 50 mil documentos secretos de la CIA, poniendo en riesgo delicadas operaciones contra el terrorismo. El hecho de que Snowden actuara de ese modo al darse cuenta de que la mayor parte de las investigaciones no estaban dirigidas a vigilar a presuntos enemigos de Estados Unidos, sino a personas comunes y corrientes, no le pareció meritorio. En la versión cinematográfica de Oliver Stone, Snowden aparece como un héroe de la libertad individual; para Omand, se trata de un traidor que puso en riesgo más vidas de las que pretendía salvar.

Los datos cambian de valor según quién se apodere de ellos. Entrenado por el Servicio Secreto de Su Majestad, Sir David es un experto en secretos; por eso mismo, sus críticas y sus ambivalencias adquieren mayor peso.

El antiguo jefe de la inteligencia británica respalda sin cortapisas la alianza con Estados Unidos del mismo modo en que respaldó a la compañía inglesa Vodafone cuando fue cuestionada en Alemania por grabar conversaciones de sus usuarios, entre ellos Angela Merkel (con hábil sentido de la estrategia, Omand aceptó una entrevista de televisión en una estación ferroviaria; cuando el asunto se volvió álgido, salió intempestivamente de cuadro para tomar un tren).

Pues bien, este ex agente de calculada discreción y probada lealtad a la política de seguridad británica acaba de declarar en forma explosiva al Times de Londres: “Facebook y Google saben más de ti que cualquier agencia de espionaje”. Curiosamente, sus argumentos no son muy distintos a los que Snowden usó contra la CIA (la diferencia es que unos espías actúan en nombre del interés público y otros con fines privados): “En una democracia tienes derecho a saber qué clase de métodos se están usando para mantenernos a salvo. La gran revelación de los últimos años no ha tenido que ver con agencias de inteligencia gubernamentales, sino con el sector privado”, afirma Omand, y recuerda que Cambridge Analytica usa datos de Facebook para influir en campañas políticas.

Las redes surgieron como un medio gratuito que se transformó en negocio. ¿Cómo conciliar el libre acceso con las ganancias? Convirtiendo los datos personales en moneda de cambio.

Esta nueva versión del pacto fáustico no concede la inmortalidad, sino un presente ilimitado. El usuario no paga con el alma; paga con algo muy parecido, los datos que serán utilizados para brindarle ofertas y alterar su conducta.

Sir David compara la situación con la leyenda del guitarrista de blues Robert Johnson, que encontró al diablo en un cruce de caminos y le ofreció su espíritu a cambio de convertirse en el mejor músico del mundo.

Defensor de la secrecía ejercida en nombre del bien público, Omand critica el uso privado del espionaje y lamenta que internet se haya vuelto más poderoso que la fuerza aérea. Posiblemente aceptaría esa vigilancia si fuera ejercida desde esferas gubernamentales. Lo decisivo es que, en su condición de profesional del ocultamiento, denuncia uno de los grandes peligros de la época: el valor comercial de la intimidad.

James Jesus Angleton, responsable de los servicios de contrainteligencia de la CIA durante la posguerra, célebre por sus accesos de paranoia, describió el espionaje como una “selva de espejos”.

Esa dinámica se ha desplazado a las redes, según afirma Sir David Omand, especialista en espejos.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 18 de octubre de 2019.

Juan Villoro. Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".


 Juan Villoro       


El vendedor de silencio, de Enrique Serna, describe la ascensión y caída del periodista más poderoso del siglo XX mexicano, Carlos Denegri, que no conoció mejor recompensa que la impunidad ni mayor moneda de cambio que el secreto.

Experto en urdir tramas con ácido humor negro, Serna ha abordado la corrupción del país en sus más diversas vertientes: la época de Santa Anna (El seductor de la patria), la farándula (Señorita México), el ambiente intelectual (El miedo a los animales), el travestismo político y sexual (La doble vida de Jesús). Llega el turno a la relación del periodismo con el poder.

Habrá quien lea El vendedor de silencio por morbo o quien lo rechace por exponer arrebatos de machismo y sevicia difíciles de metabolizar. Se necesita estómago para revisar el albañal en que se revolcaron los sexenios de Ávila Camacho, Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz.

La prosa de Serna es adictiva, en los momentos más soeces despliega un humor sarcástico y la trama depende del más sofisticado recurso de la intriga: la cizaña. En ocasiones se requiere de enorme inteligencia para hacer el mal y Serna encontró en Denegri a un villano a su medida. Al asumir el punto de vista del cronista de Miscelánea Dominical, demuestra que ciertas escenas no se escriben con tinta sino con lodo. Misógino empedernido, Denegri se volvía psicópata al tercer whisky y protagonizaba escenas de inaudita prepotencia. Se enteró de la muerte de su padre mientras practicaba la charrería y recorrió a caballo las principales avenidas de la ciudad; con la afrentosa desfachatez con que disparaba en los centros nocturnos, sólo desmontó dentro del hospital.

Denegri hablaba alemán, inglés y francés; tenía un infalible olfato noticioso, una incombustible energía y habilidad para utilizar los registros de la adulación, la crítica artera, el guiño oportunista y las insinuaciones para los entendidos. Capaz de entrevistar con solvencia a André Malraux o al secretario de ONU, escribía vibrantes partes de guerra y conseguía exclusivas gracias a sus múltiples contactos. Pero lo que publicaba era menos importante que lo que callaba para extorsionar a los poderosos. De acuerdo con Serna, en sus inicios arriesgó la vida para desenmascarar los crímenes del cacique poblano Maximino Ávila Camacho, pero entendió que la libertad de expresión depende de los anunciantes y decidió que patrocinaran su silencio.

La narración de Serna es tan convincente que resulta imposible saber hasta qué punto se aparta de la realidad. El libro reconstruye una época con insólito detalle, del menú de un restaurante a la cotización de las acciones en la Bolsa, pasando por el vestuario de las mujeres y el repertorio de los cantantes. La verosimilitud de cada escenario, ya se trate de un infecto tugurio, una caballeriza, una sala de redacción o un cabaret de lujo, impide dudar de las excesivas anécdotas que cuenta. Denegri será recordado como Serna lo concibió.

La novela trata de una singular vida echada a perder, pero también de una sociedad que convirtió el soborno en principio de supervivencia y encumbró a quienes se sirvieron de esa oscura economía. Para criticar los vicios, el novelista expone sin tapujos los retorcidos placeres que provocan. En tiempos de corrección política, muy pocos se arriesgan a sumirse en los defectos humanos. El vendedor de silencio descifra con valentía la degradación moral y revela que el ilusorio Jardín de las Delicias es la antesala del Infierno.

Contrafigura de Carlos Denegri, Julio Scherer García aparece en la trama como la otra cara del periodismo. El Excélsior conservador y vendido al gobierno que dirigió Rodrigo de Llano se transformaría de 1968 a 1976, en manos de Scherer, en uno de los diez mejores periódicos del mundo. Ya no había sitio para Denegri en ese medio. Aunque el atrevimiento de buscar la verdad sería castigado por el presidente Echeverría, ese ejemplo transformó al periodismo mexicano.

Cuando Victor Hugo hizo que el protagonista de Los Miserables recorriera las cloacas de París, señaló que los bajos fondos tienen el valor de un autor cínico: no esconden nada. Enrique Serna se ha propuesto una tarea similar en El vendedor de silencio: denuncia los desperdicios de una vida y un país. En forma asombrosa, con esas inmundicias logra una irresistible forma del arte.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Viernes 20 de septiembre de 2019.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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